Desmanagement

Supervivencia

Posted on: 10 julio 2009

Los desmanagers son como las ratas y las cucarachas, supervientes natos capaz de salir adelante tras un holocausto nuclear. Como las ratas, causan miedo en sus empleados. Como las cucarachas, hacen que los otros no les molesten por la repulsión que les causaría. Pero hay algo que les suele faltar, su talón de Aquiles, lo que les diferencia de esos bichos de quienes toman sus formas: no tienen miedo, ni respeto. Sin duda, ése es su fin

Todo comenzó el día que Buggie Rat se levantó a tomar un vaso de agua a las tres de la mañana. Aún en durmevela, alcanzó el pasillo alumbrándose con el móvil, casi sin ver presionó el interruptor del salón, y entre legañas la vio. Una cucarachita, del tamaño de una uña, corría veloz por la encimera blanca blanquísima de la cocina.

Superado el asco y la sorpresa, Buggie emprendió la persecución del animalejo, que sin duda estaba dándose un festín de los que hace época con el cacho de pan que le había sobrado de su “cena informal” (pan con Dic) en ese anoche no tan lejano. Fue a meterse el bicho entre los libros de su estantería Ikea de nombre impronunciable.

Casi histérico, empezó a sacar libros y a tirarlos al suelo, donde se amontonaron sobre la mierda. Exhalaba gemidos sordos, y algún que otro insulto tan impronunciable como la estantería. Alcanzó a verla, y entonces las vio. Corriendo en todas direcciones, un nido de cucarachas asustadas saltó del refugio y se expandió por la casa.

Nadie lo hubiera previsto, pero aquéllo iba a ser el comienzo de la carrera fulgurante de Buggie Rat. Se sentó en su sofá, apartando la revista de brasileñas, y llamó al número pelocho de información telefónica. Tras unos segundos, y un contestador, una voz inerte de muchacha, presumiblemente desde el otro lado del continente, con acento brasileño, le preguntó que deseaba.

-Plagas, quiero un número de control de plagas en Toronto ciudad… por favor.

La palabra “plagas” sonó indiscutiblemente mejor que la situación de Buggie, que ya no veía cucarachas, ni siquiera en el hueco tras los libros de la estantería que, al parecer, debía haber sido el refugio de la tribu. No verlas, sabiendo que estaban por allí, era indiscutiblemente mejor que verlas. Buggie se dijo que esa noche no dormiría. Se levantó a la nevera y abrió una Budweiser. El sonido, familiar, le tranquilizó en parte, pero la brasileña del otro lado de la línea, más.

Llamó al número que le propocionaron, y encontró la sorpresa de su vida: dos agentes antiplagas podían venir a su casa ¡¡¡en cuatro días!!!, él no debía estar allí pues fumigarían, pero debía encontrarse en el domicilio cuando llegaran para pagarles la bonita suma de ¡¡478 euros más IVA!! Le dijeron, eso sí, que apenas tardarían diez minutos.

La noche le dio para calcular: 478 euros más IVA era lo que Buggie Rat ganaba en su empresa -una pyme de recambios- tras 13 días de trabajo, una ve pagados sus 3 empleados chusqueros, el impuesto de autónomos, la oficina misérrima donde malcurraban diez horas al día. Aquellos dos hombres -o mujeres- llamados a echar unos cuantos humos por la casa de Buggue se iban a levantar cada uno, en diez minutos, lo que Buggie y sus apestosos empleados en una semana.

Apenas llegó el alba, le sorprendió en sus pensamientos, que le habían alejado la realidad de sus asquerosas convecinas durante un buen rato. Decidió no ir a trabajar aquel día, ni tampoco quedarse en su casa, que dejaría a sus nuevas amigas disfrutar los tres días de vida que les quedaban. Llamó al financiero y le dio instrucciones para declarar la pyme en concurso, tras solicitarle unas cuantas cifras que le reafirmaron su idea de cerrar: debían a los proveedores 2.700 euros machacantes; tenían un juicio por despido improcedente contra Jamie, que se había quedado embarazada -iban a perderlo, aunque habría que pelearlo-; y un reluciente garaje de Firestone se había situado a dos manzanas de su pequeña y destartalada oficina. Con el concurso, los empleados irían a la calle sin un dólar, los proveedores tendrían que renegociar a 700 euros o no cobrar, y la embarazada podía seguir litigando, si lo deseaba, con su retoñuelo. “Sí, señor”, pensó Buggie, “soy todo un manager”.

Cuando se enteró de lo que costaban los productos (raticidas, anti-insectos, mata-cucarachas…) le entró la risa floja. Los ocho euros más IVA que excedían los 470 que le iban a cobrar a él le servían para seis o siete sesiones (calculó que las ratas debían costar más, luego se levantaría 3.000 dólares limpios por acabar con aquellas pequeñas hijas de puta).

Pasados tres meses, la empresa “Canadian BuggieRAT Inc” contaba con 35 empleados, el antiguo financiero de su empresa (cuyos tres empleados se fueron a la calle sin un dólar), e iba viento en popa. Habían infestado la ciudad con carteles con amenazadoras ratas, mugrientas cucarachas y amenazadores mosquitos, y su tiempo de reacción a la llamada eran dos semanas de angustia para los propietarios.

Llegó el momento de buscar directivos para Canadian Buggierat: la plebe estaba descontrolada y se producían quejas. Descartados los cuatro que se habían quejado de los horarios (turnos de 14 horas sin horas extras), y el financiero (no fuera a ser que se le subiera el pavo), Buggie se encontró con 30 candidatos equiponderados, y consideró a cuatro: Johnny, americano, experto en ratas; Saul, judío, trabajador, muy bueno en la eficiencia de producto (gastaba un 30% menos de insecticida por sesión); Hans, alemán, una máquina con las cucarachas; y Joseph, canadiense discreto, el ayudante del financiero.

Buggie se confesó incapaz de decidir entre tanto inútil, así que decidió hacer una pequeña prueba. Durante una semana, encargaría al plantel recoger “mercancía” (bichos) en unas cajas. Encerraría en un almacén con cámaras a los cuatro directivos y soltaría el percal.

El día D fue especialmente interesante para el manager. Nadie conocía la prueba excepto él. Cortó personalmente los cables del interruptor. Colocó las cuatro muestras (semivacías) de producto en loas esquinas. Puso dos cámaras de circuito cerrado, conectadas al portátil de su despacho. Dirigió con maestría a los empleados que portaban las cajas (llenas, cerradas) y les pidió cortaran una pequeña ventana troquelada unida a un hilo que iba a un palo, que dejó junto a la puerta.

Cuando volvieron del trabajo con sus estadillos de venta del día, Johnny, Saul, Hans y Joseph fueron llamados al despacho del manager. Les comunicó que eran los elegidos para llevar la fábrica. El aumento de sueldo era de 478 euros al mes (el precio base de un servicio). Las responsabilidades eran básicamente ser él, Buggie, cuando él no estaba (cada vez en más ocasiones, debido a sus cenas de pan y Dyc), organizar a la plebe y evitar esas “quejas injustificadas” que últimamente se producían.

Ninguno dijo que no. El poder y la esperanza de salir del estiércol, de poder hacer menos visitas, de poder ver menos bichos al día, era tan fuerte que el ridículo aumento no les quitó las ganas. Todos, sin excepción, odiaban su trabajo, era lo más asqueroso que habñian hecho nunca. Empezaban, apenas dos meses después de empezar, apenas cuando comenzaban a “acostumbrarse” a tener pesadillas donde ocurría lo que en la escena inicial de Buggie, cuando se le ocurrió montar Canadian Buggie Rat. Veían un bicho, en sueños, luego otro, luego otro, luego una rata, luego otra, luego otra, y morían entre estertores de dolor.

Su sueño fue poco comparado con lo que ocurrió en la prueba, cuando Buggie les introdujo en la habitación, a oscuras, cogió el palo y tiró de él, antes de cerrar con llave. Uno logró sobrevivir, apenas, por haber conseguido, a tientas, entre el bicherío, llegar a la esquina y hacerse con un poco de producto. Esperó tras la puerta, defendiéndose intuitivamente de los mordiscos y del terror, hasta que Buggie abrió la puerta para darle el cargo. Le roció los ojos, desde el suelo, antes de morir, con una sonrisa.

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